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Historias 42,195K: El legado del doctor Chulià sigue vivo gracias a su hijo

10 octubre, 2019

Valencia, 1989. La ciudad acoge la novena edición de un incipiente maratón. En postmeta, Esteban Chulià (Valencia, 1971) promete a su padre que un día será él quien cruce la línea de llegada. Qué hacía este amante de la carrera a pie y el triatlón en ese lugar lo explica él: «Mi padre, el doctor Vicente Chulià, era catedrático y doctor en la facultad de Medicina junto al doctor Fernando Corts. Ambos comenzaron a colaborar en la organización médica del maratón acercando la figura de los sanitarios a pruebas y corredores. Sus estudios médicos fueron pioneros y desde entonces la organización de estos eventos no se entienden sin presencia sanitaria».

Historias 42195K - Esteban Chulia

La vida de Esteban, dentro y fuera de casa, ha estado siempre ligada al ejercicio: «Estudié en el Colegio El Pilar de Valencia. Emilio Ponce, nuestro profesor de Educación Física, nos inculcó los valores y el respeto que transmite el deporte». En 2010, después de muchas carreras populares, 10K, 15K y medias maratones, este piloto valenciano cumplió la promesa que le hizo a su padre y disputó sus primeros 42.195 metros. El próximo uno de diciembre correrá una vez más el Maratón Valencia Trinidad Alfonso EDP.

En su preparación, como siempre por «motivos de trabajo», acumula kilómetros alrededor de todo el mundo. «Suelo estar fuera de Valencia y de España, siempre llevo mis zapatillas y la equipación de corto en mi maleta. He visitado casi todas las ciudades corriéndolas, conozco parques, ríos, plazas… todos los días al menos salgo una hora. No tengo mucho tiempo pero sí que soy constante», afirma Esteban.

De esas jornadas preparándose lejos de casa tiene recuerdos inolvidables: «Un día estaba en Pamplona, al lado del río Arga, corriendo a una temperatura de menos dos grados y empezó a nevar… la sensación fue espectacular». Sin embargo, reconoce que hay pocos lugares mejores que Valencia para correr. Una ciudad que disfruta zancada a zancada, sobre todo al amanecer junto a cuatro amigos: «Los domingos quedamos a las 6:30 horas para poder entrenar y luego disfrutar de la familia». A Esteban no le obsesionan las marcas y cree que no será fácil bajar de aquellas dos horas 57 minutos logradas anteriormente.

​Esta historia ha sido publicada previamente en el diario Las Provincias

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